
viernes, 24 de mayo de 2013
Que bonica la meua ciutat mediterrània a la primavera ¡ (Dedicat a Araceli)

Ciudad de piedra y viento. Dedicado a Isa.

Salió a la calle y unos pasos mas adelante se
introdujo por una arcada abierta en uno de los edificios, anduvo por las
sombras del estrecho pasaje y bajó por unas escaleras vestidas de musgo verde para
finalmente llegar a unos jardines dignos de una princesa, de verde hierba
fresca y árboles desnudos de hojas. Allí se subió a la noria, patinó en la
pista de hielo, vio a los trenes salir de la estación cercana.

Subida a una colina –en realidad una pequeña y
suave elevación del terreno- hacia sonar
a su violín poderoso y alegre, desparramando en ordenada confusión sus notas
por aquella extensa llanura, abriendo las nubes para que dejaran sitio al sol y
amansaran el viento. La ciudad no le había dado un último y desesperado motivo
para quedarse y, aunque no olvidaría a la vieja señora de piedra y viento,
tampoco la echaría de menos. Pronto estaría en casa.
( Dibujos primer y último párrafo: Los colores olvidados, Silvia G.Guirado. )
martes, 21 de mayo de 2013
[Relato LibrosVeo] Barquitos de papel
1.
La reconocí en un café del Boulevard Saint-Germain-des-Prés,
su pelo castaño cayendo sin gravedad sobre sus hombros. O quizás era un café de
una ciudad con mar y sol. Café a medio tomar, sus dedos pulidos por las cuerdas
de una guitarra sujetaban un bolígrafo morado que emborronaba de notas un papel
pautado.

2.
Vuelvo a verla en el Pont Neuf. Estaba yo, mi gabán empapado, apoyado en uno de los
balcones del puente. Pasó deprisa, hoy no era el día para contemplar como el
Sena, en los días brillantes, juega a ser espejo con el sol. Melancólica, el
rostro crispado por la tristeza.

3.
La
chica permanecía parada al final del puente Neuf,
la ille ante ella. Las sobrias fantasías
arquitectónicas del barón Hausman conviven aquí con logros tardomedievales. Las
agujas góticas de Notre Dame no se ven, pero se intuyen. Decidió que sí quería
saludar al Sena y bajó hasta sus aguas. Al borde de la hormigonada orilla, sacó
su libretilla de papel pautado del amplio bolso y arrancó una de sus hojas de
cartulina. Las gotas de lluvia la besaron y convirtieron la tinta negra en
lágrimas, ella misma lloraba. Hizo un barquito con la cartulina, doblándola
cuidadosamente y la posó sobre el agua. La suave corriente lo alejó de ella.

4.
O puede que todo esto lo soñara y donde me
encontré con la chica fue en un puesto de flores en la calle Corrientes, Buenos
Aires, ella vendía claveles y gardenias. O quizás todo fuera una canción.
domingo, 19 de mayo de 2013
Una cartera de piel marrón. Versión Benito
Dedicado a Benito, un buen amigo y camarada.
El cuerpo del
hombre –unos 30 años- yacía muerto sobre la acera. Un golpe en su pecho que
revelaba un hematoma de feo color morado oscuro parecía ser la causa del
fallecimiento. El inspector de homicidios ya intuía que le diría la forense
sobre el arma fatal: un genérico objeto grande, romo y pesado. A. llevaba más
de 20 años en el cuerpo, problemas con la autoridad y las pastillas. Al menos,
pensaba, no completaba el tópico de policía quemado con una desmadejada y larga
gabardina marrón. Tampoco llovía. Resolvería este caso con su fuerza
acostumbrada. Su trabajo consistía en recoger la basura, sostenía, así que sus
modos eran los de un basurero, no los delicados métodos de un cirujano.
No había pistas, ni testigos, nadie había
visto nada. Tomó la cartera del fallecido, su única pertenencia junto a una
carterita donde guardaba lo necesario para liarse cigarrillos. Era una cartera
de piel marrón clara algo gastada, no excesivamente grande pero tampoco era
pequeña, de una marca muy conocida. Lucía poderosa, parecía dar entender que su
portador era un hombre importante, pero en su interior no guardaba tarjeta de
crédito alguna y la cantidad de efectivo era irrisoria.
Lo primero era lo primero. Se presentó en el
domicilio que aparecía en el DNI de la victima. Le abrió el padre, le comunicó
la triste noticia, el padre lloró. A. podía oír como si fuera un sonido real el
chasquido de la mente y el corazón al quebrarse y era un ruido horrible, más
que el del propio llanto. Pidió permiso para entrar en la habitación del hijo,
unas estanterías con decenas de libros, un escritorio con un portátil, fotos de
amigos –ninguna indicaba que tuviera pareja-. No encontró drogas y la
decoración no llevaba a pensar en un chico melancólico o agresivo. La madre le
confirmó que se trataba de una persona alegre. Preguntó si había trabado
enemistad con alguien y la respuesta fue negativa.
Bien,
seguía sin tener ninguna pista. Volvió a inspeccionar la cartera. Lo
interesante se encontraba en el espacio reservado a las tarjetas. Se trataba de
una solapa con ranuras para las finas láminas de plástico en la parte superior
y una tela de rejilla para el DNI en la posterior. En una de las oquedades
guardaba un par largo de tarjetas de visita de restaurantes, un teatro y varios
locales de música en vivo. En otra un satinado calendario de bolsillo de un
grupo de música que desconocía, en el que aparecía una foto estilizada de las y
los miembros de la banda junto al logo de la formación. Mostró la foto del
muerto a los camareros y dueños de aquellos locales, pero ninguno le recordaba.
Eso quería decir que nunca había tenido líos.

Al día siguiente no podría decirse que se
hubiera levantado, pues no había dormido. Le deprimía su desastrado y sucio
apartamento, le daba ardor de estomago la comisaría, así que decidió asirse a
otra de las piezas del rompecabezas que contenía la cartera de piel marrón y
salir en busca de respuestas. Se trataba de una composición fotográfica impresa
en cartón dividida en recuadros en los que aparecían, suponía, amigos y
familiares. Las personas mayores que aparecían en una escena navideña eran los
padres del desafortunado. En el recuadro de al lado exhibía sonrisa una bella
chica morena, era una de las que aparecían en el calendario del grupo de
música. Debajo de ella un grupo de jóvenes, chicas en su mayoría. Con la banda
ya había hablado, por lo que decidió encontrar a alguna de las jóvenes del
grupo de chicas. Reconocía los edificios que servían de escenario a la foto y
para allá que se fue. Se sentó en un banco próximo al lugar que servia de escenario
para la foto y esperó fumando un cigarrillo tras otro y rezando a un Dios en el
que no creía que apareciera una de las mujeres. Y apareció, una flacucha de
rizos dorados. Le comunicó el óbito de su amigo, averiguó que se conocían por
haber trabajado juntos y repitió lo que decían todos los conocidos de la
victima: no tenía enemigos. Se alejó la chica con los ojos acuosos mientras
llamaba a alguien por el móvil. A., usando su propio móvil utilizó una
aplicación que oficial y técnicamente no existía –y que en cualquier caso era
ilegal- y sincronizó su celular con el de la amiga del fallecido. Hablaba con
una voz femenina de organizar una cena para recordar a su amigo. Mierda, esto
se estaba convirtiendo en un callejón sin salida. Le dolía la cabeza.

Después del tenso y largo despacho con el
comisario A. volvió al escritorio que ocupaba en propiedad desde hacía 20 años en
la comisaría. Introdujo la cartera en un sobre para pruebas, la guardó en el
cajón y salió a fumar un cigarrillo. ¿Qué diría su cartera si le encontrarán
sin vida?, reflexionaba. Que era inspector de policía y que era cliente del
banco cual y la caja tal. Nada más. Ni siquiera tenía fotos de sus hijos,
estaba divorciado y no solía verlos mucho. Su cartera no guardaba ninguna
historia, no estaba destinada a ello, pero la victima se deducía contenta de
llevar un resumen de su vida en el bolsillo.
Era feliz con la gente que le rodeaba, así que era lógico guarecerlos en
la cartera, después de todo eran su capital más importante. Alguien recordaría
su nombre después de muerto.
"Yo te nombro" Reincidentes.
"Yo te nombro" Reincidentes.
lunes, 13 de mayo de 2013
Recuerdos de un balón
En
esta entrada romperé la regla de no escribir nada personal. Dedicado a Mario
Pinazo, ilustre jurista, traductor del idioma murciano y manchego, gran
conocedor de la onomástica cristiana y filántropo.
1996.
Aquél año se celebró la Eurocopa en Inglaterra. Mis compañeros de clase, niños
de 12 años entonces, quizás llevados por el espíritu del evento deportivo o
porque estábamos hartos de jugar con pelotas prestadas o hechas con papel de
plata (logramos verdaderas obras de arte) decidimos comprarnos el balón oficial
de la Eurocopa, un Adidas modelo Questra.
Era un hermoso balón que nos llamó la atención
desde que lo vimos, reluciente, en el escaparate de la tienda deportiva Xavó.
Sus delicadas filigranas y suave color azul nos enamoró por su, digamos,
elegancia. Nosotros, chicos de barrio obrero de enormes bloques de pisos
iguales entre si y jardincitos que eran mas solares que parterres. Su precio,
en torno a unos 5.000 Ptas. era prohibitivo, así que convinimos en adquirirlo
en comandita, a partes iguales.
Fue un largo mes de ahorrar pagas (y de
suplicar a nuestros padres y madres que nos las aumentaran) y de dejar de
frecuentar los recreativos y kioscos, pero acabamos juntado el dinero. Quedamos
los conjurados en la plaza para ir todos juntos a por el balón -recuerdo que uno
de nuestros socios era chica y lo recuerdo porque en aquél entonces eran raras
las chicas futboleras, igual que las chicas con pelo corto - .Allí íbamos,
ilusionados, con la cabeza alta, orgullosos, amigos y hermanos. En la tienda
nos comportamos con una falsa profesionalidad, nos sentíamos algo importantes
con toda esa fortuna encima, y, sobre todo, no queríamos que la dependienta nos
tomara por unos criajos (cosa imposible, porque lo éramos). La empleada nos
trajo el balón desde el escaparate y nosotros depositamos nuestras cerca de
5000 Ptas. en monedas encima del mostrador. La mujer que nos atendía nos dedico
una sincera y tierna sonrisa y guardó el dinero en la caja registradora sin ni
siquiera contarlo.
Guardábamos el esférico en un armario de
nuestra clase para ahorrarnos los líos de decidir quién se quedaba con su
posesión y jugábamos a futbol con él durante los recreos en el campo de tierra,
hoyos y alguna piedra. La alternativa no era mejor, un campo de hormigón y
gravilla que desollaba nuestras pantorrillas y rodillas (lucí durante mucho
tiempo una blanca cicatriz en mi rodilla izquierda). Nuestra chica futbolera
solía jugar de defensa. Metía mucho el cuerpo y nosotros, por vergüenza, pudor
o por un ridículo sentido de la caballerosidad, evitábamos el contacto, así que
robaba muchos balones y detenía muchos ataques y contragolpes, por lo que su
presencia era muy apreciada y era habitual que fuera elegida de las primeras a
la hora de decidir la composición de los equipos en liza.
Estar delante de la tele era un privilegio que
nuestros padres y madres rara vez nos concedían, así que recreábamos los
encuentros de la Eurocopa en nuestro patio, sirviéndonos del Marca que uno de
nuestros compañeros le sustraía hábilmente a su padre. Así, en nuestro querido
patatal se jugaron el Francia- Holanda, el España-Inglaterra, el Alemania- República
Checa y tantos otros. Aprendimos más geografía con el Marca que en Conocimiento
del Medio.

Hoy pasé por la tienda de deportes Xavó. El
cristal de su escaparate estaba ocupado casi en su totalidad por un enorme cartel
de cartulina color roja en el que en letras negras se anunciaba “50% por
liquidación”, parece ser que cerrará en breve. Comentándolo con un amigo me
vino el recuerdo, mi colega me pasó una foto del balón Questra y la nostalgia
hizo el resto.
No se que habrá sido de mis compañeros de
clase y de aquella chica futbolera, perdí el contacto un par de años después de
cambiarme de colegio –años durante los cuales, siempre que nos veíamos nos prometíamos
que seríamos amigos para siempre-, solo conservo una vieja foto de todos nosotros
en el patio del colegio, sonrientes y todavía infantes.
El balón en cuestión :
jueves, 9 de mayo de 2013
Un mundo Twitter
Andrés caminaba afanosamente por las calles de
Madrid como un tal Pereira en Lisboa, sostiene. Quizás porque su ciudad también
tenía cuestas. Quizás porque su ligero sobrepeso y el tórrido calor de ese día
le hacían moverse lentamente, la frente perlada de sudor que iba retirándose
con un pañuelo morado. Pero a diferencia de la ciudad de Pessoa, Madrid no
contaba con la azul compañía de un océano y el aire que respiraba estaba como
recalentado y sucio. Era un músico que fue famoso un verano y hoy aún le
llamaban de alguna radio o de algún programa de humor para que fuese a hacer el
tonto.
Decidió detener su marcha para descansar y
refrescarse un poco. Entró en un café de hechuras modernas, de muchos, cálidos
y variados colores cuya decoración abominaba de la línea recta. Era un local de
amplios ventanales sin sombras ni reservados y cuya parroquia no pasaría de los
40 años.
Se sentó a la barra de formica azul y pidió
una Zarzaparrilla al imberbe camarero de camisa negra y éste se la sirvió
anunciando en voz alta su pedido. Andrés rodeó la botella con las
manos, estaba gloriosamente fresca. Un cliente sentado a su izquierda en la
barra dijo a viva voz que él prefería la cerveza. El cliente a su derecha
chilló en tono agrio que la Zarzaparrilla era un producto fabricado en el Imperio
Austro-Húngaro, que como podía beber aquella bazofia producida por un país
criminal y autoritario.
Acabada la perorata del cliente chillón una
desgarbada mujer se levantó de la mesa que Andrés tenía a su espalda, se
presentó como comercial de la Zarzaparrilla, le pasó su tarjeta y empezó a
hablarle de las bondades del producto. Unas mesas más allá un grupo de gente
comentaba que Andrés siempre solía pedir y beber té helado y se preguntaban que
le habría hecho cambiar de opinión. Los clientes acodados en la barra, la
comercial, el corrillo de gente, todos hablaban a voz en grito. El que era el foco de atención no había dado
siquiera un sorbo a su refresco y se llevó las manos a la cabeza, no soportaba
aquel ruido. Se preguntaba porque toda aquella gente creían conocerle y le desconcertaba la confinza con la que se dirigian a él. Con todo el control y amabilidad que le fue posible pidió a los
del café un poco de silencio y masculló que él no era tan importante.

Unos meses mas tarde el rostro moreno de
Andrés era la cara de Zarzaparrilla, su foto estaba en marquesinas, carteles y
anuncios. La marca le patrocinó un disco, bien que la labor creativa no fue del
todo suya. Y hablaban de él, hablan de él a todas horas. Para sí tenía que
admitir que le mareaba tanta cháchara y tanta frivolidad, que le llevaran de
aquí para allá, el haber pasado de persona a personaje. Pero intentaba no
pensar demasiado en ello.
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