Avanzaba meditabundo por las placidas calles
de su ciudad, cabeza gacha, cuerpo encogido por el fríode una noche de invierno sin estrellas y de timorata luna; la oscuridad apenas conjurada por farolas de luz débil y
amarillenta. Era tarde, sí, había salido mas allá de la hora de su trabajo por
la obligada charla de coach a la que
tuvo que asistir con el resto de compañeros.
La que se preveía una aburrida y algo cómica
por su absurdo charla de motivación – sermón de iglesia laica- había devenido
puñalada en su corazón, esquirla incrustada en su cerebro. El coach –malditos anglicismos, claro que
quedaría raro hablar de sesión de entrenamiento en el supermercado donde
trabajaba- , llevado por la emoción o por una estudiada actuación, había empezado
a declamar –venas de la sien y el cuello muy hinchadas- conceptos tales como
“responsabilidad”, “metas”, “objetivos” y alzando aún más el tono de su ridícula
voz preguntó a los presentes por tres veces “¿por qué?¿por qué? ¿por qué?” y,
sin esperar respuesta, se giro súbitamente a una pequeña pizarra blanca que
había traído consigo y escribió violentamente en grandes mayúsculas “ADULTEZ”
“MADUREZ” y volviese a girar hacia los aburridos trabajadores de pies ya
inquietos y que miraban furtivamente la hora en sus relojes con una ensayada y
gran sonrisa de perfectos y cuidados dientes blancos.
“Madurez”.
Era la esquirla metida en su cerebro. Si. Un concepto importante, a sus
treintapocos o treintamuchos años –según se contara-, era una palabra que le
acechaba en todas las conversaciones. Dejar de ser niño, adquirir gravedad,
asumir responsabilidades, pensar en el futuro… eran explicaciones que le
acompañaban. Cuando llegara a casa la cena estaría ya fría, el chiquillo
yase habría acostado, tendría que
contentarse con darle un beso de buenas noches - nada de cómo ha ido el día,
nada de ayuda con los deberes, nada de charla padre hijo- , y su mujer se
encontraría arrellanada y adormilada en
el sofá de segunda mano viendo alguna serie en la tele –ya no hay películas, hay
series -, muda por el cansancio de un trabajo agotador en la fábrica de
conservas – el silencio avanzaba entre ellos como un cáncer -.
Pensó
que eso era en realidad la famosa madurez, el cacareado “hacerse adulto”, no
tener tiempo para nada, absolutamente para nada, irse agostando sin que ni
siquiera te fueras dando cuenta. Si, pero “necesitaba el dinero”, “tenía
responsabilidades”, si…. él era todo un adulto. Y mañana lo mandaría todo a la
mierda.
Ha
sucedido. Cáncer. Los Chesterfield que fumo desde mi pubertad han cobrado negra
venganza. El médico me señala unas manchas en una radiografía de mis pulmones.
Estoy demasiado triste y desconcertado para prestarle atención.
Desde
entonces doctoras, enfermeros. Salas de espera, camas de hospital.
Radioterapia, pierdo el pelo, me siento débil. Amigos y familiares que me
gritan enfadados “te lo dije” para luego echarse a llorar; me abrazan, me dan
palabras de ánimo, llegan regalos y flores. Lo peor es que no volveré a probar
un cigarrillo.
Mas malas noticias, por azares de la biología
ha aparecido un tumor también en mi cerebro. Presiona no se que parte de él que
me emborrona la visión de mi ojo izquierdo. Es un comensal rápido e insaciable,
me matará, éste si. Pasado mañana, a mas tardar, me dicen. Hay que operar,
opinan.
Me informa de la operación el cirujano que la
llevará a cabo. Habla de forma profesional y sencilla, sin demasiada emoción en
su voz. Al acabar su explicación me toma suavemente la muñeca y me mira a los
ojos. Su gesto es cálido y hay sinceridad en su mirada, pero prefiero al
enfermero balbuceante que vino antes. Sabe que estoy acabado, que con toda
probabilidad la diñare en la mesa de operaciones y él tendrá que cerrarme los
ojos, pero aún así intenta animarme con chistes e ironías tontas.
Me empeño en que me dejen salir a pasear fuera
del hospital. La jefa de enfermería sabe que es el último deseo de un moribundo
y me franquea el paso a la luz del sol, a la bendita luz del día.
Enfrente del lugar de muerte y resurrección
donde estoy ingresado hay un parque. Lo ando un buen rato, paseo por sus
alamedas, sorteo las cacas de perro. Acabo sentándome en un banco. Me acompaña
una vieja amiga. Tiene los ojos vidriosos y turbios por las lágrimas. No me
molesta morir, de alguna forma he ido preparándome todos estos meses. Me duele
la desolación que dejaré en el corazón de quienes me quisieron. En eso he sido
afortunado. Ni menos que unos, ni mas que otros; pero he sido feliz y ahora he
de dejar un mundo de padres cariñosos, de amigos cómplices, de risas en la
madrugada.
Mi amiga rompe al fin a llorar, estropeando el
rimel que contornea sus dulces ojos. Me abraza, con fuerza, con desesperación.
Tartamudea que todo saldrá bien. Ella no sabe que lo esta haciendo todo mas
difícil. Pero también lo hace mas fácil, encerrado entre sus brazos, acogido en
su pecho en el que late fuerte su corazón, siento que no todo ha sido en balde,
ha merecido la pena vivir. Me descubro rezándole a un Dios en el que no creo.
Muero en la mesa de operaciones. Un pitido
agudo, largo y pronunciado del electrocardiograma es mi despedida del mundo. No
se pudo hacer nada, no hubo negligencia, simplemente sucede. No importa, tengo
en mi puño cerrado mis dos monedas de plata para el barquero. El cirujano anuncia
para que alguien la anote la hora de la muerte, se quita los guantes de látex
lila con resignación y abandona el quirófano. Quizás le cueste dormir esta
noche. Para el enfermero será más complicado, tiene que limpiar y procesar mi
cuerpo. Llevarme a la morgue. Es el guardián de los muertos, se dice. Ellos le
acompañan y para él no es tan fácil como para el doctor deshacerse de ellos.
Éste irá camino ahora de lloriquearle a su pareja, a la barra de un bar o a
calentar el banco de una capilla solitaria de un Dios muerto. Pero el enfermero
ha de quedarse a acompañar a los muertos.
Cruzo la gran Laguna, de aguas profundas y
quietas. El Barquero me aconseja que no gire la vista atrás a la orilla que
acabo de dejar, es mejor así. Le pregunto, entonces, si es bonito al otro lado.
Suspira, esta cansado de esa pregunta, repetida durante milenios, y contesta
que él solo conoce la Laguna. Por alguna razón voy vestido con mi vieja
cazadora de cuero negra que me regalaran unos amigos y a la que solo he
abandonado en verano. Noto un peso en uno de sus bolsillos, antes vacio.
Introduzco la mano, palpo el objeto y sorprendido lo saco para observarlo. Es
una cajetilla de Chesterfield. Hay que joderse.
Emerjo al turbio cielo de Madrid desde el
subsuelo tras un viaje sin paisaje. Las escaleras de la estación de metro de
Sol me vomitan en la plaza homónima, una enorme playa de baldosas moteada por
la estatua ecuestre de un rey Austria y dos ridículas fuentes, una a cada
extremo. Sin bancos donde descansar ni sombras donde refugiarse la gente va de
aquí para allá, siempre viniendo de algún sitio o regresando de otro. Animan el
extenso solar donde reina despótico un sol implacable sin compañía de nubes
gentes caracterizadas o disfrazadas torpemente de los personajes animados de
moda que hacen carantoñas a cambio de unas monedas. También pueden verse
loteros anunciando decimos para el próximo sorteo extraordinarioy predicadores de religiones diversas. Manadas
de asiáticos hacen fotos a ellos y a los macizos y orgullosos edificios que
cierran la plaza a la brisa.
Hecho un rápido vistazo a mi mapa –se que
parado sería un estorbo a la multitud y sería arrastrado sin piedad por la
corriente- y tomo la cercana Calle Carretas, donde esta mi pensión. Madrid es
una constelación de pensiones, quizás porque en esta ciudad todos son foráneos,
quizás porque todos estén de paso de una manera u otra.
A mitad de calle atravieso un recio portal de
hierro, cuya puerta llora y gime al ser abierta. Subo un par de pisos por las
escaleras de madera – el ascensor esta estropeado- que permanecen extrañamente
mudas a mis pasos. Las puertas no tienen número, solo se indican si están a
derecha o izquierda. La de mi pensión esta a la izquierda, la regenta una
amable señora ya entrada en años y en carnes que me guía cortes, después de
hechas las formalidades del pago, a mi habitación.
Es una habitación pequeña, con su propio baño,
que da a la calle. No hay concesión a la bohemia del artista decimonónico, la
pieza esta limpia y aseada y la cama parece cómoda. Abro las hojas de madera de
la ventana, asomado a la calle me enciendo un cigarrillo, anochece. Dice la
canción que esta ciudad vibra como un pájaro en llamas por la noche, pero yo
estoy cansado después de un largo viaje en autobús y me voy a la cama sin ni siquiera
cenar. En la habitación de al lado una pareja hace el amor, me duermo acunado
por la nana de sus gemidos y el chirriar del colchón.
II.
El amanecer me sorprende acodado en la barra
de un estrecho bar mal iluminado –Calle de Bordadores, he accedido a esta calle
atravesando el callejón- plaza de San Gines con su solitaria arcada- dando cuenta de un café con leche y unas porras,
un desayuno nada exiguo En el otro extremo de la barra unos soñolientos
policías locales del turno de noche esperan con un café solo a su relevo. El
camarero y dueño del pequeñísimo local esta fuera fumando, su camisa
desabotonada hasta medio pecho, a pesar de lo temprano del día hace calor. Nos acompaña
a todos el zumbido de un ventilador que se cae a pedazos de puro viejo.
He de decidir con tino a donde ir hoy. Madrid
no es el destino de mi viaje, solo estoy de paso camino a Lisboa, en el
Atlántico, y dentro de unas horas he de subirme a un autobús Alsa. Tampoco es
la primera vez que piso la capital, así que callejear por sus calles
descubriendo sus rincones esta descartado, además la temperatura es alta y el
verano de aquí es una estación seca de aire recalentado enriquecido por una
polución asfixiante. Sus calles de sólidos y altos edificios y aceras siempre
atestadas de gente no son, tampoco, del agrado de un chico de provincias como
yo.
Absorto en el mapa como estoy no me apercibo
de que el dueño del bar ha cesado en su tarea de expirar e inspirar humo y ha
vuelto a entrar, ocupando su lugar tras la barra, así que su voz grave y
rasgada me sobresalta un poco cuando me informa secamente de que hoy hay rebaja
en los precios de entrada del Museo del Prado. Le observo, manos de dedos
hinchados y un rostro abotargado de mirada melancólica, no da el tipo de
interesado en el arte. Hubiese podido saber mas de ese interés si me hubiese
fijado en la imagen que colgaba junto a las botellas de Terry, Soberano y
Chinchon. Era una foto antigua de tonos verdosos, en la que un orgulloso joven
en mono de trabajo posaba delante de un camión, a su lado, apoyados en el costado
del camión, varios cuadros. Si hubiese preguntado, como digo, el barman me habría
explicado que aquel joven era su abuelo, conductor de uno de los camiones que
transportaron los cuadros del Prado a Valencia durante la Guerra. Pero no
pregunto, en lugar de ello pago los 4€ del desayuno y me marcho con un
protocolario “Gracias. Hasta luego”.
II.
Desando mis pasos por el callejón de San Ginés,
en la esquina de éste con la Calle arenal me detengo en una curiosa librería al
aire libre de puestecillos de artesonado de madera oscura de aires castellanos
y hasta herrerianos a hojear los libros de viejo que hay allí y acabo
adquiriendo un ejemplar de hojas amarillentas de “Coplas a la muerte de mi
padre”, de Manrique – una lectura apta para aquel viaje, pienso, si seguís
leyendo descubriréis el porqué -. Tomo una foto a la fachada plateresca de la
Iglesia de San Ginés y sigo la calle Arenal – con su su sala de conciertos y
sus bares que ofertan bocadillos de calamares- hasta la Plaza del Sol.
Cruzo rápido la Plaza del Sol, donde he de
esquivar a un hombre que lleva colgando de su moreno cuerpo un cartel
anunciando que “compro oro”, hasta la Calle Carretas, que me conduce hasta la
Plaza de Jacinto Benavente. Cerrando su lado sur se alza, enorme, un teatro, cuya titularidad comparten Calderón de la
Barca y una marca de helados. El dramaturgo del siglo de Oro dejo escrito – en
frase que se ha convertido en manido tópico- “que la vida es sueño” y el nombre
del teatro tiene algo del absurdo de los sueños. O quizás del espanto de las
pesadillas.
Desde esta plaza –que también alberga el
Ministerio de Justicia, con un reo mal ajusticiado acampado a sus puertas-,
girando a la izquierda, me interno en el llamado “barrio de las letras”. Mas
plazas, ésta la de Santa Ana. Todos tenemos nuestros ritos –o quizás nuestras manías-
y uno de los míos, cada vez que me veo obligado a venir a Madrid, es visitar
esta plaza, admirar el trazo modernista del hoy hotel Reina Victoria, hacerle
una foto a la estatua de Lorca que hay allí- gran poeta, horrible escultura- y
beberme una cerveza en la cervecería Alemana. Aún tengo el desayuno dándome
vueltas en el estomago, así que desdeño la rubia y sigo sin detenerme hasta la
Calle Huertas.
Calle Huertas, si, una calle que se lee mas
que se transita, jalonados como están sus adoquines de citas de escritores ya
muertos, exiliados o vilipendiados en vida, aunque alguno hay que conociera el
éxito mientras aún respiraba.
Paseo
del Prado. Altos y frondosos árboles guardan la mediana central, como
desafiando a la gris geografía urbana de Madrid, ahíta de ellos.
Velazquez guarda una de las entradas al Museo
del Prado. Rodeo el edificio buscando por donde acceder a la pinacoteca y me
encuentro con otro custodio, Goya en este caso, vuelto ya de Francia al
parecer.
III.
La taquillera da por bueno mi caducado carnet
universitario, a pesar de la foto en él de un yo mas aniñado, mas iluso, mas
ingenuo y me aplica la rebaja que ya anunciara el dueño del bar donde desayune.
Me entretengo en el vestíbulo antes de pasearme
por las salas del museo propiamente dicho. El amplio espacio es compartido por
una cafetería y una tienda de recuerdos. En ésta compro el lápiz y el bloc de
notas en el que estoy escribiendo este diario.
Los fusilamientos del 2 mayo. He visto este cuadro
en libros y reportajes en la televisión, pero no me lo imaginaba tan grande,
tan bello, tan perfecto. Me siento en el suelo, como hipnotizado, quiero
contemplarlo, admirar cada detalle, cada pincelada, pero una responsable del
museo interrumpe mi cortejo y me conmina a levantarme del suelo.
Abandono
entonces al de Fuendetodos y subo al piso de arriba, donde me esperan Velazquez
y Murillo. Y como me pasara con los cuadros del sordo genial, se conmueve mi
alma ante la contingencia de esos cuadros mil veces vitos en catálogos y
revistas, pero que nunca he contemplado en su admirable realidad.
IV.
Apuro un cigarrillo sentado en las escaleras
que suben del Museo hasta la Iglesia de Los Jerónimos., intentando desembotar
mi cabeza y mi ánimo, mareado y aturdido como estoy ante tanta belleza.
Observo
a la gente. Un grupo de turistas de procedencia diversa que acaba de apearse
disciplinadamente de un autobús de colores chillones y que se dirige a la
entrada del Prado. Un músico callejero que hace llorar lagrimas de tonos agudos
a su gastado contrabajo. Aquí y allá proyectos de artistas que emborronan
cuartillas con sus lápices, algún osado incluso con acuarelas, destaca entre
estos pintores aficionados una chica pelirroja, de tez blanca salpicada por
infinitas y diminutas pecas y un cuerpo sutil y delicado.
Quizás debería ir a visitar la Iglesia de los Jerónimos,
templo de realengo, o presentar mis respetos al caserón donde se ubica la Real
Academia de la Lengua, pero mi reloj me informa que ya es tiempo de hacer
camino hasta la estación de autobuses y tomar mi transporte hacia poniente.
El concierto fue
un éxito. La obra para piano, violín y saxofón compuesta por aquella pálida
alumna levantó de sus butacas a
docentes, autoridades, alumnos y demás presentes en la sala. “original” “con
mucho ritmo” “clásica y moderna” eran frases que se repetían en el auditorio.
Después del concierto vi a muchos acercarse a felicitarla, pero ella parecía
inmune a los halagos, sabedora, quizás, que los que se acercaban a darle
palmaditas en la espalda solo buscaban
de alguna manera participar en su triunfo. Pero ella solo era una chica con un
instrumento, nada más.
Pude escuchar a un hombre ofrecerle tocar en noseque
acto, una manifestación o algo así. Ella rechazo cortésmente la invitación, no
se creía mas que nadie y poco podía criticar a quién seguramente contaba con
los mismos defectos que ella. Me hubiese gustado acercarme a decirle que no la
creía.
No la creía porque mentía. Las bellas melodías
y ritmos que daba a sus obras y a su violín eran grito suave y dulce contra
todo lo feo de este mundo. Allí, encima del escenario, se atisbaba otro
presente mas amable. Su armonía contrastaba con los gritos desesperados y furiosos
de gente encolerizada, con razón o sin ella, que tomaban las calles aquella estación
de sangre.
Uno, con ánimo de hacerse el interesante en
una reunión con los colegas, podía arrellanarse en su silla, soltar parsimoniosamente
una bocanada de humo de su cigarrillo, decir aquella manida frase de
Shakespeare de que el mundo era “ruido y furia” y rematarla con una media
sonrisa burlona de suficiencia; pero ella asía la realidad y la coloreaba, la
ordenaba en notas cantarinas a lo largo de las líneas de un pentagrama,
transformándola en algo que merecía vivir y experimentar. Su música no era para
oídos cínicos.
Plaza
de un poblachon del sur de Cuenca, con sus casas encaladas, sus tapias y
portalones, sus ventanas con recias rejas, piedras viejas e iglesias que
guardan secretos y privados tesoros barrocos. Alonso Quijano y Sancho Panza
toman un café. De espigada y triste figura uno, de baja estatura y oronda tripa
el otro. Parecen abatidos y derrotados.
Los dos amigos han llegado a la Plaza Mayor –
o Plaza de la Iglesia, o del Ayuntamiento - en un viejo sidecar de morado
oscuro y la palabra “Rocinante” pintadas en su flanco. Vienen a desfacer
entuertos, como pone a modo de eslogan en la puerta de su despacho de investigadores
privados, pero los entuertos son muchos.
Quijano mira distraído el horizonte, coronando
una loma, a lo lejos, se divisan unos altos molinos de viento que producen
electricidad y piensa en ellos como enormes gigantes. Pero no hay emoción en
sus pensamientos, se encuentra melancólico, su bella Dulcinea se marcho con sus
masters a trabajar de camarera a algún pueblo inglés de impronunciable nombre.
El humor de Sancho no es mejor, la “ínsula de Barataria”
se demostró un gran fraude inmobiliario y ahora tiene unas llaves que no abren
ninguna puerta.
De una oficina de tonante nombre comercial que
da la plaza emerge un flacucho encorbatado, camisa rosa con sus iniciales
bordadas. Se enciende un cigarrillo y ladra ordenes recompra y de venta en un japonés
macarrónico. Quizás sea este hombre el objeto de sus investigaciones, piensan
ambos, pero ni es uno solo ni saben sus nombres. El entuerto es grande y
Quijano y Panza beben café en silencio, derrotados.
Tarde luminosa de agosto en el rompeolas. Javier
esta sentado sobre las rocas, sus pies descalzos lamidos por la espuma del mar.
Intenta quebrar el silencio blanco de los folios de su cuaderno.
A lo lejos,
asomada a la orilla, bañada en salitre, distinguió una figura familiar.Necesitaba la compañía de un amigo en aquellas
horas de marea baja, así que se acercó a ella. Era Ana, hace miles de años sus vidas
estuvieron cruzadas. Ella le contó quetras un largo viaje consiguió alcanzar la playa.
Anocheció. No
querían volver a casa. Fueron hasta el cercano Hotel Los Ángeles. En la
habitación, sentados los dos en una
polvorienta moqueta, Javier le preguntó si podía acompañarla de nuevo. Se
abrazaron, no volverían a naufragar y liberarían París. Durmieron entrelazados
y amanecieron después de las seis sin dramas esta vez.
Que bonica la meua ciutat mediterrània a la
primavera ¡ El sol lluïx ben alt fins a les vuit de la vesprada, banyant-ho tot
d’un càlid blanc feroç, i només llavors decidix acomiadar-se en un ocre capvespre.
Per poc que es camine s’abandona l’asfalt dels seus plans carrers, sempre plens
de gent –xiquets amb els seus inquiets jocs, les rialles estentòries dels
jóvens, adults comentat el “mal que va tot”-, per a trobar-se en l’horta que la
rodeja, de verds pàl·lids i terra fèrtil d’un marró rogenc i intens. El soroll
dels cotxes desapareix substituït pel trinat dels pardals i l’ànima s’escampa
peresosa per la immensitat vegetal de cels blaus i límpids. Que bonica la
meua ciutat mediterrània a la primavera ¡