martes, 29 de enero de 2013

Un concierto improvisado





 Se encontraba sola y solitaria en el enorme salón de actos de su Instituto. La luz pálida de aquella mañana de invierno se colaba generosa por los amplios ventanales. El teatro era viejo y olía a polvo. Como música y artista oficiosa del instituto tenía las llaves de la sala e iba allí cuando buscaba soledad para componer. También en busca de inspiración, y vaya si la necesitaba, se acercaba nosecual fiesta idiota que el equipo directivo tenía en gran estima porque ayudaba a dar una aura de de comunidad, solemnidad y respetabilidad al Centro y era ella la encargada de poner la música con su gastado violín.

 Las musas no querían visitarla y se removía inquieta en la butaca de la primera fila donde estaba sentada, nerviosa, el Gran Día se acercaba y su papel pautado seguía en blanco. Estaba por reconocer su fracaso e irse cuando oyó pisadas  sobre la anciana madera del suelo de los bastidores. Sí, podía reconocer el sonido de aquel deslucido parqué porque no eran pocas las veces que ella misma lo había hecho crujir y le era un ruido familiar. Al poco, salieron al escenario los autores de aquellas pisadas. El primero en aparecer fue John Coltrane con su reluciente saxofón y tras él Paganini con su extraña figura llevando un violín. Ambos habían llegado ya al centro de la escena cuando hizo su entrada Beethoven con cara de pocos amigos empujando un pesado piano de cola, maldiciendo en alemán por lo bajo. Ella miraba con sorpresa lo que ocurría en el escenario, los ojos como platos y boquiabierta, entre la incredulidad y la fascinación.
 
 Los  tres célebres músicos y compositores, no obstante, no parecían extrañarse de encontrarse juntos al mismo tiempo y en el mismo lugar, tuvieron tiempo de presentarse en el destartalado camerino en el que habían despertado de su sueño eterno. La situación era extraordinaria, si, pero como músicos que eran cosas mas raras habían visto. El bueno de Ludwig Van congenió enseguida con Niccolò, porque solo se llevaban 12 años, aunque pronto quedó patente la disparidad de caracteres entre el germánico y el mediterráneo. John, que había acudido alguna vez al Mardi Gras en Nueva Orleáns no se extrañó de las apariencias de sus dos accidentales compañeros y los propuso,  ey boys, una jam sesion ya que estaban allí. Cuando les explicó que aquello significaba improvisar Paganini se mostró entusiasmado y Beethoven dijo que podía improvisar una cadencia con el piano, que ya lo había hecho alguna vez. El italiano, caprichoso, se puso enseguida a afinar y a ensayar con su violín, pero el germánico, más riguroso, sentía curiosidad por como había avanzado la música y le preguntó al norteamericano que era aquel extraño instrumento dorado y brillante que llevaba entre las manos, a lo que  John respondió que se trataba de un saxofón tenor, instrumento de viento afinado en si bemol; le sopló unas notas y le explicó los rudimentos del jazz y que buscará allá en el cielo a Duke Ellington, pianista. Le habría explicado mas cosas, como el rock y las guitarras eléctricas y la batería, pero Paganini estaba ansioso por tocar y decidieron salir a encontrarse con su público, el violinista daba algo de miedo con su extraño aspecto –le decían endemoniado en su época, nadie sabía entonces que era el síndrome de Marfán- y no le llevaron la contraria.

 Y allí estaban. Beethoven presentó a la imposible banda, agradeció a su única espectadora su presencia, se inclinó delante de su piano y empezó a darle a las teclas. Coltrane esperó unos segundos para hacerse con el tono, le murmuró al pianista que suavizara el ritmo y puso a trabajar sus pulmones. Paganini empuñó el arco, colocó sus largos y virtuosos dedos sobre las cuerdas e hizo sonar su violín. Aunque les costó un poco acoplarse, el bueno de Ludwig Van se olvidó de su clasicismo pero no de su genialidad y de su intuición –tocaba más de corazón que de oídas porque era algo sordo-, Paganini dio rienda suelta a su imaginación, demostrando que hubiera sido un jazzista genial y Coltrane se aplicó en no sonar tan abstraído. Una bella melodía llenaba de preciosas notas y ritmos la sala.



miércoles, 14 de noviembre de 2012

Serviles





No se entiende la actitud de estos serviles, pues el Amo los despreciará sin remordimientos una vez ya no le sean útiles. Quizás sea por su necesidad de servir a algo, de sentirse parte de algo, de poder lucir solemnes, pues el común de los mortales los desprecia por su escasa inteligencia, su obscena intransigencia, su mezquindad y su nula empatía.
 Estos serviles son grandes patriotas y orgullosos están de que luzca bien la bandera. Pero no saben que esta sostenida por una ciudadanía hambrienta de pan y de justicia. Se pasean altivos por plazas extranjeras, seguros de que éstas les vitorearán recordando la gallardía de un Pizarro y de un Cortes, de un Juan de Austria, y desconocen que sus tropas apenas reciben la soldada

 Alucinados están los serviles por su propias prédicas y defensa de “la familia” e ignoran a los trabajadores que se desloman de sol a sol por un salario de hambre y que solo ven a su familia en sueños. Hablan muy alto los serviles de las “buenas costumbres” de la “honradez y del esfuerzo” y de éllos están llenos los burdeles y las oficinas de inspección de tributos de Hacienda.

 Andan indignados estos serviles porque Don Arturo dejo de ser amigo de inciensos y de curas y se pasea ahora del brazo del Sr. Fernando por el Retiro y lo han tenido que expulsar de la tertulia, que no ha vuelto a ser la misma ahora que el Café es servido y atendido por un chino.

 Alucinados están por el lío y la algarabía, “ya no quedan gentes de bien” se dicen. Toñito luce morada media cara, después del sopapo que le soltara su mujer cuando Toñito  llego a casa, con un carajillo de mas, exigiendo a grandes y violentos gritos la cena ;“ya no hay orden”

“Caines viles” los llamó el poeta, sin embargo yo les deseo lo mejor, que el Amo les deje algún día hablar de pie ante Su presencia, que acaricie el lomo de Sus lebreles, pues también se comportaron con Él. Y que se vayan al infierno, del cuál son llamas que abrasan a todos.






lunes, 25 de junio de 2012

Feliz cumpleaños.




En aquella casa, esa tarde, se oían y se hablaban muchas lenguas. Palabras que se decían con el golpeteo del corazón, palabras dichas con sonrisas de una juventud que no parecía fugaz, palabras pronunciadas por dedos que rasgaban las cuerdas de una guitarra, que acariciaban las teclas del piano, que movían talentosamente el arco de un violín.

 En aquella casa, esa tarde, vasos vacíos en la mesa, manchas de chocolate en las mejillas, abrazos suaves, cantos, regalos.

 Regalos, sí, porque en aquella casa, en esa tarde de ocre verano, se celebraba un cumpleaños, entre acordes de re y de sol. El viento de poniente había despejado el cielo de nubes negras y él pensaba que la vida podría ser eso, instantes ligeros sin gravedad. Pero la vida seguiría, pues la vida era una señora muy apresurada que no conocía de áreas de descanso. No obstante, esa tarde de calor, en aquella casa, iba a olvidar las prisas y mendigaría unas migajas de esas almas femeninas, bellas y jóvenes y guardaría avaricioso su botín en un viejo zurrón.

 En aquella casa, esa tarde, estaba una chica de pelo punk como queriendo disimular la luz que guardaba dentro de sí, estaba la pequeña rock&roll, estaba aquella chica de la ciudad sin árboles, estaba aquella chica nómada que le hacía el amor al piano, estaba aquella chica que no podía comer chocolate. Orquesta de emociones, big band de sonrisas. Y se sintió feliz.



 

miércoles, 9 de mayo de 2012

La chica

 Después de unos meses de inactividad parece que las musas me visitaron otra vez. Aquí el que podría ser el inicio de un nuevo cuento. Dedicado a una calle de Liverpool y a Vane, la princesa guanche.

Se la encontró en Birmingham,usaba pantalones de saco y pelo punk. No sabía si era de allí, lo que estaba claro es que no era de Manchester, pues siempre echaba pestes de esos "capullos";ella tampoco sabía muy bien de donde era, si se le preguntaba, aunque su tez morena y la alegría que no conseguía ocultar bajo su engominada cresta y su ropa gastada desvelaban que procedía de algún lugar del sur. Pretendía agresividad,quizás, pasos firmes, pero a mi me enamoro su sonrisa. Fuimos a mojarnos en cerveza a una oscura taberna, king´s George, y lo que me susurro al oído,rendida por el alcohol, no fue  Johnny Rotten, sino Sumertime en la voz rota de Janis Joplin.

“No te parece -le dijo sentada a contraluz en el borde de la cama de aquél tiznado hotel de 20 libras- que todos los días son los mismos, que todo es repetido” Miguel se incorporó y se encendió un cigarrillo. Para su parte meteorológico los últimos días habían sido soleados y de cielos despejados,aunque el parte también advertía que aquella primavera inesperada no era lo usual en la ciudad “¿qué harás ahora?” le preguntó Miguel. Ella se levantó y se dirigió a la ventana,su mirada parecía interrogar a los bloques de viviendas de ladrillo rojo que se alzaban monótonos tras los cristales. El sol iluminaba su cuerpo desnudo de piel morena. “no lo se, quizás me vaya a Londres...o quizás a Edimburgo”. Miguel terminó la frase en su cabeza “donde diga la moneda o la botella”. “¿ Puedo acompañarte ?” le preguntó en voz alta “No, pero quizás puedas buscarme”.





miércoles, 22 de febrero de 2012

Momentos compartidos

 Dedicado a MJ, la flautista de Hamelin

 Una amiga posteo en Facebook una pregunta lanzada a todos sus contactos “¿qué  pequeñas cosas de la vida os hacen felices?”. Un paseo por la playa al atardecer, montar en bici, sentir el viento en la cara, desayunar con el piopio de los pajaritos, esas cosas. Si él tuviera que responder a la pregunta diría que las personas que quiere, las conversaciones sin fin no necesariamente construidas solo de palabras, los silencios cómplices. La pregunta, las respuestas a ella y su propia respuesta le hicieron reflexionar, no lograba dar con ningún momento feliz que no hubiese sido un momento compartido.

 Quizás le faltaba introspección, si se enredaba en sus propios pensamientos era en vagones de metro llenos de gente, si sus ideas hacían mohines de aburrimiento las sacaba a pasear por papeles en blanco. Amaba a la gente. El misterio que representaba el ser de las personas le llevaba a amar a aquella especie que era capaz de hacer el bien y el mal con la misma facilidad. Incluso cuando disfrutaba de una bella melodía la disfrutaba también porque adivinaba  las manos que la habían compuesto. Cuando gozaba caminando en soledad contemplando la belleza de las fachadas de una calle se sorprendía pensando en quién había buscado tal perfección construyendo esas casas. Y solía buscar al músico detrás de la música, la historia de las personas de aquél pueblo de fachadas hermosas. Cuando viajaba solo se sentaba en las plazas, observando el trajín de las gentes intentando adivinar sus historias, sus rutinas. E incluso cuando la naturaleza le sorprendía con su perfección-como los amaneceres en Lisboa, donde el sol se despedía bañándose en el océano y no en la tierra- ,sí tenía que pensar en un Hacedor de la Naturaleza, sí tenía que creer en algo, su dios era un Dios personal.

 Porque pensaba que en él estaban las respuestas, pero correspondía al amigo hacer las preguntas.




viernes, 13 de enero de 2012

Personas sencillas


 


Porque la RAE puede enseñarnos cosas

sencilla: 6. adj. Dicho de una persona: Natural, espontánea, que obra con llaneza./ 8. adj. Ingenuo en el trato, sin doblez ni engaño, y que dice lo que siente.

Porque la tele, a veces, puede enseñarte cosas:

"prometo seguir amando a corazón abierto"/"prometo seguir riendo en los funerales"/"prometo volar en el próximo intento"

Porque la música te inspira, como cuando Dylan recita" Forever Young" o Violeta Parra le da gracias a la vida.

Porque, siempre, las personas sencillas te lo enseñan todo.

Gracias a mis musas (y a mis musos)




lunes, 9 de enero de 2012

De vuelta entre la multitud


La dama de blanco y yo os traemos otro cuentecito. Dedicado a esas personas que me dice el blog son mis seguidores (me siento lider religioso o un guru jeje) y a los hacedores de música y sonidos (que palabro mas raro acabo de inventar) en particular. Aquí va, espero que os guste:

El hombre sabio transportaba agua desde el viejo pozo hasta su casa, una solitaria construcción de adobe en lo alto de la rocosa montaña. El pozo no distaba mucho de su hogar, pero tenía que recorrer una empinada cuesta para ir de un sitio al otro. Cada mañana bajaba con su cubo de madera y lo llenaba con agua clara y limpia y andaba bajo su peso el desnudo camino hacia su morada. Últimamente pensaba mucho mientras hacia aquél camino.

Despojado de todo lo material, solitario entre los riscos de aquella montaña siempre nevada, dedicado todo el día a meditar sobre el ser y la nada, muchos presumían su sabiduría y unos pocos ascendían a su apartada cabaña a pedir su consejo. Amaba al mundo desde su atalaya en la roca, insuflaba cariño en sus máximas. Amaba, pero no era amado. Con un orgullo que intentaba rechazar pensaba que sus palabras habrían ayudado a los caminantes fatigados que se acercaban a llevar una mejor vida, a darse cuenta de las cosas importantes, quizás a querer mejor. Pero nunca podría aconsejar a nadie como llegar mejor a fin de mes, a cuidar mejor una familia con un marido ausente.

Cuando reflexionaba sobre todo ello no sentía el peso del agua, sino el peso de la soledad. Y del silencio. Apreciaba mucho el sitar que unos músicos de la comarca le habían regalado, tañéndolo intentaba romper un silencio que ahora le oprimía. Añoraba la música. 

No echaba de menos el ruido de los coches, de excavadoras haciendo zanjas, de gritos, de sirenas de ambulancia. Pero echaba de menos los sonidos de aquélla zona de Nueva Delhi donde se crío, donde no habían coches ni excavadoras. Las voces de los niños correteando juguetones, las mujeres de los puestos de fruta voceando su mercancía, al santón que cantaba sus oraciones caminando en trance por la calle. Los olores de las especias del mercado y el incienso de los pequeños templos. Entendió que no había huido de aquellos sonidos y olores, solo había huido cobarde de la pobreza que atenazaba esas calles, de la desesperanza, del hambre en los estómagos. Pero en aquellas calles, aun sucias y míseras, palpitaba la vida, la risa de los niños, la voz exaltada de los jóvenes hablando de su equipo favorito, los chascarrillos de los mayores. Y comprendió que era a la vida a la que había renunciado, al amor que podrían darle y el amor que podría dar. Y decidió volver entre la multitud.