Suena el despertador. Abre los ojos a la
grieta del escayolado del techo.
09:45
Una hoja de afeitar gruñe por su mejilla,
rasurando pelos y arrastrando blanca espuma de afeitar.
10:00
Un café que humea en la mesa de la cocina.
Taza naranja sobre hule morado.
11:30
Un autobús que avanza agónicamente entre el
tráfico, los constantes frenazos son sus gritos de dolor. Cada tanto una
parada, puertas que se abren, gente que sube y baja. Amigas que ríen, una
señora mayor de permanente imposible, perlas al cuello de dudosa autenticidad y
mirada ausente, un hombre con un mono manchado de pintura rosa, un niño atento
a las paradas que sostiene un libro entre sus manos, y muchos mas.
12:05
La ciudad. Edificios altos, aceras atestadas
de gente. Luce el sol, es abril.
12:15
La saludas, ella ya te estaba esperando. Viste
sonrisa de dientes blancos y ojos castaños encendidos.
12:45
Una
tormenta de primavera. Inesperada. Lluvia de gotas gordas de agua caliente.
Apiñados los dos bajo una marquesina, ninguno, claro, lleva un paraguas.
Absurdo, risas, chistes.
13:10
Comen los dos en un bar vacío, estrecho y
silencioso. El barman hojea desganado un periódico en la barra. Un plato de
pasta él, un filete poco hecho ella. Un televisor mudo da las noticias.
14:20
La oscuridad de una sala de cine. Luego vagan
por las calles. Un músico callejero y herrante de guitarra anciana y acordes de blues que chirrían como goznes
oxidados.
19:03
Un
beso. Labios que saben a primeras veces, a bienvenida, que te dice “quédate”. Y
luego un abrazo, tu frente en su hombro. Manos que trazan mapas en piel suave.
Curioso el Barrio del Carmen, con sus
fachadas en las que se juntan y amanceban siglos y centurias, con sus
bajos en los que cohabitan restaurantes y tiendas de diseño con
kebaps olorosos y grasientos, bazares desaliñados y ultramarinos de
estanterias metálicas – y con unos pocos y resistentes comercios
de maderas nobles haciendo de testigo a tal ayuntamiento-.
Curioso el barrio del carmen, que de
día se viste de luz que le hace parecer cualquier pueblo
mediterráneo desde el que se intuye la mar aunque se sepa lejos y de
noche se traviste en mágico , en decorado de novela negra.
Curioso el Barrio del Carmen, de cuyos
balcones llueven pétalos de rosas rojas sobre la procesión del
Corpus,pero que usa las faldas de sus edificios como lienzo de
frases, dibujos y pintadas de aire contestario.
Allí una torre medieval, escondidas
bajo el suelo piedras de una muralla árabe, aquí caserones tocados
con escudos de señorío y abolengo, acá un solar, al otro lado
esplendor modernista , acullá inmuebles modernos orgullosos de
romper la estética anciana y algo decrépita del lugar; curioso el
barrio del Carmen.
Curioso el Barrio del Carmen, con la
solemnidad de sus edificios oficiales de bandera y poder, con la
levedad del beso de dos jóvenes enamorados en el café Lisboa.
Curioso el Barrio del Carmen, de
calles que huyen juguetonas de la línea recta y que los niños bien
podrían usar para jugar al escondite. Calles, un día anegadas, de
nombres que apelan a no tan antiguos oficios -corretgeria,bolseria,
caballers-, pero también a accidentes geografícos – alta,baixa,
Tossal- y, quizás, inviten a empezar nuevos caminos -Quart,
Serranos-. Calles de piedra y asfalto. que tienen en sus pocos
arboles la única concesión al verde de la naturaleza.
El Barrio del Carmen, donde el tiempo
es bruma.
Curioso el Barrio del Carmen, donde se
atrinchera la burguesía vieja menestral y donde se divierte la
chavalada posmoderna.
Curioso el Barrio del Carmen, que es
barrio, distrito, plaza y pueblo
Buscas
aparcamiento, maldiciendo todo lo existente, acabarás alimentando con monedas
un totem de la ORA.Estacionado tu
vehiculo te acercarás hasta la DGT, obtendrás un ticket con tu número –espero
que hayas pedido cita previa- y te pondrás a esperar, eres ahora rehén de una
pantalla donde extraños algoritmos vestidos de luminoso rojo van apareciendo.
Estas nervioso, revisas tu carpeta de documentos, jurarías que te falta alguno
y de seguro te harán volver de nuevo con él, piensas.
Cuando epifane tu número algoritmo irás,
obediente, a la ventanilla indicada donde una funcionaria o funcionario irá pidiéndote,
con voz monocorde, papeles y fotocopias de los mismos y los examinará con
rostro hierático mientras tú rezas por dentro en espera del sello, verdadera
bula de indulgencia plenaria.
Y cuando la tinta del sello ya copule con tus
papeles abandonarás esa ventanilla, que no es ventanilla sino puerta kafkiana
de la Ley, sonrisa triunfante. Atraviesas la sala de espera y en tu feliz
imaginación es como si esa multitud que espera te hiciera el pasillo, vas
contento, acariciando un suave papel verde claro con los nombres en él ya
correctos.
Mientras tu hacías esto, alguien, en algún
lugar, estará descubriendo la vacuna contra el cáncer, abriendo escuelas o no
presentándose a presidente, si, pero tu tienes tu victoria personal, cómo
cuando esta mañana no te cortaste afeitándote o no confundiste el azúcar con la
sal a la hora de echarlo al café.
Desayunas,
te afeitas y te duchas con prisas por la ilusión de haberle arañado unos
minutos al sueño y regalado unos minutos a tu cama. Sales a la calle, el frío
te golpea y hace que te duela la cabeza, el sol se despereza encima tuyo, el
aire alborota ropas y cabello.
Caminas, parece que la ciudad se activa a tu
paso, sumiéndote en un onírico plano secuencia de una película de Scorsese.
Intentas abstraerte de la gélida mañana e incluso de tus pasos contándote algún
cuento a ti mismo, siempre te gusto el oficio de cuentacuentos que no ejerces,
te animas pensando que hoy es viernes y, por tanto, encontrarás el puesto de
churros abierto, adoras esa masa frita de harina grasosa.
Domina el ondulado prado decésped bien cortado y cuidado una gran casona
modernista de apagados colores pastel. Le acompañan en su dominio,
desordenadamente esparcidos aquí y allá, sin mas lógica que el capricho o el
azar, 5 funcionales, alargados y bajos bloques de hormigón de miles de ventanas
que hacen de espejos a la luz del soly
que albergan las aulas de las diferentes facultades. El sexto bloque presente
en el campus solo se diferencia de sus hermanos en que crece en vertical y no
en horizontal y alberga una residencia de estudiantes. Completa la académica estampa
caminitos de losetas de terrazo que unen las diferentes construcciones y
reuniones de gruesos árboles que dan sombra y cobijo a bancos colocados
alrededor de sus troncos.
Él vive aquí ahora, es un invitado del
rector de la Universidad. Se ha convertido en su Benefactor personal y, en
general, todos le sonríeny son amables
con él. Mejor, sin duda, que las pastillas y las batas blancas de su anterior
residencia. “Estas triste”, le decían, “depresión” escribían en sus informes.
Pero él no estaba triste. Es mas, la vida le seguía
pareciendo algo maravilloso. El rocío en la hierba las mañanas de invierno, las
mañanas luminosas de primavera, las tardes de agosto, los atardeceres de otoño.
Esas cosas. Solo era que desde que ella se fue arrastrada al otro lado por
varias toneladas de acero de un monovolumen azul todo parecía mas aburrido.
Había escrito y auto publicado un par de
cuentos antes de que las ruedas de aquél coche azul rechinaran en un cruce
intentando detenerse que habían leído unas cientos de personas. Las
suficientes, se ve, para que en las editoriales empezara a sonar su nombre. Una
de ellas le puso un agente, le asignó un editor y la maquina tragaperras del
éxito empezó a mostrar triunfos, bien que perezosamente. Bien estaba. Pero
desde que su pequeña musa de pies descalzos, sonrisa infinita y cansados ojos
marchara solo existía tedio en su cabeza, aquello a lo que llaman pomposamente
creatividad se había esfumado. Y después pastillas, batas blancas, psicoanálisis
etc.
El que era ahora su benefactor era un
admirador – desde el mas profundo cariño por el Arte, así, en general, se
entiende- de su obra y decidió separarlo de su régimen de grageas blancas,
amarillas y azules que le embotaban la cabeza y le hacían orinarse encima para
llevarlo con él a su Universidad, que había erigido con el sudor de su frente,
el esfuerzo de sus solas manos y bla bla bla.
Así que allí esta él, respirando el sano aire
del campo y asistiendo a clases de escritura creativa y de literatura del siglo
XIX y XX junto a alumnos unos años por debajo de los suyos. Y a gastos pagados,
añádase.
Daba largos paseos por el campus, socializaba
con la gente, bebía acompañado, a veces mujeres de largas piernas y pechos mínimos
acompañaban sus noches. Ya no estaba triste. Aún así, en ocasiones se descubría
cogiendo su móvil dispuesto a llamar a su desaparecida musa para contarle sus
alegres días universitarios. Sonará idiota, pero la voz metálica que le
contestaba informándole que “el número marcado no existe, esta desconectado o
fuera de cobertura” le ayudó a cerrar el duelo.
Solo había un problema. Nada, una cosa
pequeñita. Su Benefactor y la Junta del Campus querían que volviese a escribir.
A escribir un libro, una novela. 300 páginas mínimo, chicas y chicos. Al
principio se lo sugerían como medida terapéutica. Luego como cosa lógica pues
él era, después de todo, escritor. Al final ya insistían en la necesidad de
hacerlo, siempre amablemente, eso sí. Pero él era un narrador de distancias
cortas, de sprints, un cuenta cuentos que nunca había pasado de 20 páginas. Su
imaginación era un ente vago y moroso que se daba en pequeñas dosis.
No obstante, intentó satisfacer a quienes
generosamente le habían acogido presentándoles bosquejos y borradores de primer
capítulo de lo que sería su Gran Obra. Pasaron los meses y las estaciones y
ésta no avanzaba. Su benefactor empezaba a estar inquieto. Se olvidó la
amabilidad, se escondieron los buenos modos. Un parte médico le desaconsejo pasear
mas allá del largo pasillo al que daba su habitación. Aparecieron unas
obligaciones contractuales que le obligaban
a escribir –“¿Cuándo firme yo eso?”- . Se bloqueó el acceso a sus cuentas por
orden judicial ya que “su estado mental le impide tutelar sus bienes con juicio
suficiente” y se nombró a un tutor.
Valencia, la mar Mediterráneo,
de aguas quietas y domesticadas,
de costa acechada por
enormes edificios, molares e incisivos
que mastican groseramente la
tierra y la arena, robadas las dunas.
Naranjos, arrozales, acequias
y barrancos,
una gran plana a la que llaman huerta.
Tierra adentro el paisaje se
accidenta. Montañas, algún bosque por fin verde.
(También) Viñedos y de
frontera un gran pantano de aguas azul plástico.
Luego…
La ondulada planicie
manchega.
La A3 como gran cicatriz de
asfalto que la recorre de este a oeste.
Aún hoy molinos de viento
que se alzan altivos y enjutos.
La tierra se seca, el cielo
se enturbia y su azul se ensucia, una gran urbe, es Madrid.
Mas tarde…
La gran estepa de cereal
castellana, que se dora bajo un cruel sol de agosto y que se helará en invierno,
solo rota su monotonía por oteros aquí y allá,
por bosquecillos valientes
de encinas y alcornoques esparcidos sin ninguna generosidad.
Pueblos que lucen orgullosos
nombres de mas de tres palabras que informan que albergan castillos, palacios y
motas,
pero el mayor logro de esta tierra es el río Duero.
Rebaños de ovejas, hombres
duros que dormitan recogido ya el trigo.
Al fin…
Invade al terreno, a las casas
y a las gentes la melancolía de un sol taciturno
y un cielo gris.
El verde de la vegetación
ahora es orgulloso y vital, ocupándolo y colonizándolo todo.
Es Galicia. Es el Atlántico.
Sol que despide el día bañándose en el océano dejando de si un cielo incendiado
de llamas naranjas.
Casas de piedra y granito donde
se acumula musgo de siglos,
montes de pinos propios y
eucaliptos extranjeros, arrobados por helechos
Costa que se rompe en su encuentro con el mar,
agua, agua por todas partes –en
el aire, en la tierra- cristalina, cantarina.
Las rías y sus bateas –y el puente de Rande-,
su fecunda tierra roja y sus viñedos en altura.
Y, a veces, la bruma que
esconde trasgos y oculta a la Santa Compaña.
Olivares
que hacen ribera a una carretera comarcal en el agro conquense. Pasos en la
tierra arada que suenan ancestrales. Perdido en la oscura nada, solo da prueba
de él la intermitente brasa de un cigarrillo. Mira al cielo y observa que la
oscuridad no es tal, el cielo esta iluminado de cientos, de miles, de millones
de brillantes estrellas de rutilante blanco eléctrico que parpadean allá en lo
alto. Intenta mesurarlas jugando a descubrir constelaciones, intentando racionalizar
la inmensidad. Pronto lo deja y simplemente se dedica a observarlas, a contemplarlas.
Se siente insignificante, pero no le importa cuando es la belleza de una
naturaleza y cosmos galante quien le ha empequeñecido.
El mar permanecía en calma,
desprovisto incluso del blanco de la espuma de las olas y solo le diferenciaba
del cielo los diferentes tonos de azul. La estampa parecía el cuadro de un
estudiante mal aplicado de Bellas Artes. La tierra estuvo siempre lejos del
cielo, pero cielo y mar se confundían aquel día. El quería que su paso por el
mundo fuera así, como la suave brisa de un mar en calma, siempre había amado
los papeles secundarios. Sonrió, en aquella playa, pies hundidos en la arena,
le envolvía la paz sin la violencia del viento. Una gaviota grazno con voz áspera
a los lejos.
Me gusta ir a la cama en invierno. Tumbarme sobre el colchón, descansar mi cabeza en la almohada y enrollarme con el edredon. Con el edredon me siento protegido del frio, invitado no deseado en mi habitación traido por esta estación que tanto odio. Me encojo en posición fetal, como si aún permaneciera en el vientre materno, y me siento protegido y a salvo. Me gusta ir a la cama en invierno.
Avanzaba meditabundo por las placidas calles
de su ciudad, cabeza gacha, cuerpo encogido por el fríode una noche de invierno sin estrellas y de timorata luna; la oscuridad apenas conjurada por farolas de luz débil y
amarillenta. Era tarde, sí, había salido mas allá de la hora de su trabajo por
la obligada charla de coach a la que
tuvo que asistir con el resto de compañeros.
La que se preveía una aburrida y algo cómica
por su absurdo charla de motivación – sermón de iglesia laica- había devenido
puñalada en su corazón, esquirla incrustada en su cerebro. El coach –malditos anglicismos, claro que
quedaría raro hablar de sesión de entrenamiento en el supermercado donde
trabajaba- , llevado por la emoción o por una estudiada actuación, había empezado
a declamar –venas de la sien y el cuello muy hinchadas- conceptos tales como
“responsabilidad”, “metas”, “objetivos” y alzando aún más el tono de su ridícula
voz preguntó a los presentes por tres veces “¿por qué?¿por qué? ¿por qué?” y,
sin esperar respuesta, se giro súbitamente a una pequeña pizarra blanca que
había traído consigo y escribió violentamente en grandes mayúsculas “ADULTEZ”
“MADUREZ” y volviese a girar hacia los aburridos trabajadores de pies ya
inquietos y que miraban furtivamente la hora en sus relojes con una ensayada y
gran sonrisa de perfectos y cuidados dientes blancos.
“Madurez”.
Era la esquirla metida en su cerebro. Si. Un concepto importante, a sus
treintapocos o treintamuchos años –según se contara-, era una palabra que le
acechaba en todas las conversaciones. Dejar de ser niño, adquirir gravedad,
asumir responsabilidades, pensar en el futuro… eran explicaciones que le
acompañaban. Cuando llegara a casa la cena estaría ya fría, el chiquillo
yase habría acostado, tendría que
contentarse con darle un beso de buenas noches - nada de cómo ha ido el día,
nada de ayuda con los deberes, nada de charla padre hijo- , y su mujer se
encontraría arrellanada y adormilada en
el sofá de segunda mano viendo alguna serie en la tele –ya no hay películas, hay
series -, muda por el cansancio de un trabajo agotador en la fábrica de
conservas – el silencio avanzaba entre ellos como un cáncer -.
Pensó
que eso era en realidad la famosa madurez, el cacareado “hacerse adulto”, no
tener tiempo para nada, absolutamente para nada, irse agostando sin que ni
siquiera te fueras dando cuenta. Si, pero “necesitaba el dinero”, “tenía
responsabilidades”, si…. él era todo un adulto. Y mañana lo mandaría todo a la
mierda.
Ha
sucedido. Cáncer. Los Chesterfield que fumo desde mi pubertad han cobrado negra
venganza. El médico me señala unas manchas en una radiografía de mis pulmones.
Estoy demasiado triste y desconcertado para prestarle atención.
Desde
entonces doctoras, enfermeros. Salas de espera, camas de hospital.
Radioterapia, pierdo el pelo, me siento débil. Amigos y familiares que me
gritan enfadados “te lo dije” para luego echarse a llorar; me abrazan, me dan
palabras de ánimo, llegan regalos y flores. Lo peor es que no volveré a probar
un cigarrillo.
Mas malas noticias, por azares de la biología
ha aparecido un tumor también en mi cerebro. Presiona no se que parte de él que
me emborrona la visión de mi ojo izquierdo. Es un comensal rápido e insaciable,
me matará, éste si. Pasado mañana, a mas tardar, me dicen. Hay que operar,
opinan.
Me informa de la operación el cirujano que la
llevará a cabo. Habla de forma profesional y sencilla, sin demasiada emoción en
su voz. Al acabar su explicación me toma suavemente la muñeca y me mira a los
ojos. Su gesto es cálido y hay sinceridad en su mirada, pero prefiero al
enfermero balbuceante que vino antes. Sabe que estoy acabado, que con toda
probabilidad la diñare en la mesa de operaciones y él tendrá que cerrarme los
ojos, pero aún así intenta animarme con chistes e ironías tontas.
Me empeño en que me dejen salir a pasear fuera
del hospital. La jefa de enfermería sabe que es el último deseo de un moribundo
y me franquea el paso a la luz del sol, a la bendita luz del día.
Enfrente del lugar de muerte y resurrección
donde estoy ingresado hay un parque. Lo ando un buen rato, paseo por sus
alamedas, sorteo las cacas de perro. Acabo sentándome en un banco. Me acompaña
una vieja amiga. Tiene los ojos vidriosos y turbios por las lágrimas. No me
molesta morir, de alguna forma he ido preparándome todos estos meses. Me duele
la desolación que dejaré en el corazón de quienes me quisieron. En eso he sido
afortunado. Ni menos que unos, ni mas que otros; pero he sido feliz y ahora he
de dejar un mundo de padres cariñosos, de amigos cómplices, de risas en la
madrugada.
Mi amiga rompe al fin a llorar, estropeando el
rimel que contornea sus dulces ojos. Me abraza, con fuerza, con desesperación.
Tartamudea que todo saldrá bien. Ella no sabe que lo esta haciendo todo mas
difícil. Pero también lo hace mas fácil, encerrado entre sus brazos, acogido en
su pecho en el que late fuerte su corazón, siento que no todo ha sido en balde,
ha merecido la pena vivir. Me descubro rezándole a un Dios en el que no creo.
Muero en la mesa de operaciones. Un pitido
agudo, largo y pronunciado del electrocardiograma es mi despedida del mundo. No
se pudo hacer nada, no hubo negligencia, simplemente sucede. No importa, tengo
en mi puño cerrado mis dos monedas de plata para el barquero. El cirujano anuncia
para que alguien la anote la hora de la muerte, se quita los guantes de látex
lila con resignación y abandona el quirófano. Quizás le cueste dormir esta
noche. Para el enfermero será más complicado, tiene que limpiar y procesar mi
cuerpo. Llevarme a la morgue. Es el guardián de los muertos, se dice. Ellos le
acompañan y para él no es tan fácil como para el doctor deshacerse de ellos.
Éste irá camino ahora de lloriquearle a su pareja, a la barra de un bar o a
calentar el banco de una capilla solitaria de un Dios muerto. Pero el enfermero
ha de quedarse a acompañar a los muertos.
Cruzo la gran Laguna, de aguas profundas y
quietas. El Barquero me aconseja que no gire la vista atrás a la orilla que
acabo de dejar, es mejor así. Le pregunto, entonces, si es bonito al otro lado.
Suspira, esta cansado de esa pregunta, repetida durante milenios, y contesta
que él solo conoce la Laguna. Por alguna razón voy vestido con mi vieja
cazadora de cuero negra que me regalaran unos amigos y a la que solo he
abandonado en verano. Noto un peso en uno de sus bolsillos, antes vacio.
Introduzco la mano, palpo el objeto y sorprendido lo saco para observarlo. Es
una cajetilla de Chesterfield. Hay que joderse.
Emerjo al turbio cielo de Madrid desde el
subsuelo tras un viaje sin paisaje. Las escaleras de la estación de metro de
Sol me vomitan en la plaza homónima, una enorme playa de baldosas moteada por
la estatua ecuestre de un rey Austria y dos ridículas fuentes, una a cada
extremo. Sin bancos donde descansar ni sombras donde refugiarse la gente va de
aquí para allá, siempre viniendo de algún sitio o regresando de otro. Animan el
extenso solar donde reina despótico un sol implacable sin compañía de nubes
gentes caracterizadas o disfrazadas torpemente de los personajes animados de
moda que hacen carantoñas a cambio de unas monedas. También pueden verse
loteros anunciando decimos para el próximo sorteo extraordinarioy predicadores de religiones diversas. Manadas
de asiáticos hacen fotos a ellos y a los macizos y orgullosos edificios que
cierran la plaza a la brisa.
Hecho un rápido vistazo a mi mapa –se que
parado sería un estorbo a la multitud y sería arrastrado sin piedad por la
corriente- y tomo la cercana Calle Carretas, donde esta mi pensión. Madrid es
una constelación de pensiones, quizás porque en esta ciudad todos son foráneos,
quizás porque todos estén de paso de una manera u otra.
A mitad de calle atravieso un recio portal de
hierro, cuya puerta llora y gime al ser abierta. Subo un par de pisos por las
escaleras de madera – el ascensor esta estropeado- que permanecen extrañamente
mudas a mis pasos. Las puertas no tienen número, solo se indican si están a
derecha o izquierda. La de mi pensión esta a la izquierda, la regenta una
amable señora ya entrada en años y en carnes que me guía cortes, después de
hechas las formalidades del pago, a mi habitación.
Es una habitación pequeña, con su propio baño,
que da a la calle. No hay concesión a la bohemia del artista decimonónico, la
pieza esta limpia y aseada y la cama parece cómoda. Abro las hojas de madera de
la ventana, asomado a la calle me enciendo un cigarrillo, anochece. Dice la
canción que esta ciudad vibra como un pájaro en llamas por la noche, pero yo
estoy cansado después de un largo viaje en autobús y me voy a la cama sin ni siquiera
cenar. En la habitación de al lado una pareja hace el amor, me duermo acunado
por la nana de sus gemidos y el chirriar del colchón.
II.
El amanecer me sorprende acodado en la barra
de un estrecho bar mal iluminado –Calle de Bordadores, he accedido a esta calle
atravesando el callejón- plaza de San Gines con su solitaria arcada- dando cuenta de un café con leche y unas porras,
un desayuno nada exiguo En el otro extremo de la barra unos soñolientos
policías locales del turno de noche esperan con un café solo a su relevo. El
camarero y dueño del pequeñísimo local esta fuera fumando, su camisa
desabotonada hasta medio pecho, a pesar de lo temprano del día hace calor. Nos acompaña
a todos el zumbido de un ventilador que se cae a pedazos de puro viejo.
He de decidir con tino a donde ir hoy. Madrid
no es el destino de mi viaje, solo estoy de paso camino a Lisboa, en el
Atlántico, y dentro de unas horas he de subirme a un autobús Alsa. Tampoco es
la primera vez que piso la capital, así que callejear por sus calles
descubriendo sus rincones esta descartado, además la temperatura es alta y el
verano de aquí es una estación seca de aire recalentado enriquecido por una
polución asfixiante. Sus calles de sólidos y altos edificios y aceras siempre
atestadas de gente no son, tampoco, del agrado de un chico de provincias como
yo.
Absorto en el mapa como estoy no me apercibo
de que el dueño del bar ha cesado en su tarea de expirar e inspirar humo y ha
vuelto a entrar, ocupando su lugar tras la barra, así que su voz grave y
rasgada me sobresalta un poco cuando me informa secamente de que hoy hay rebaja
en los precios de entrada del Museo del Prado. Le observo, manos de dedos
hinchados y un rostro abotargado de mirada melancólica, no da el tipo de
interesado en el arte. Hubiese podido saber mas de ese interés si me hubiese
fijado en la imagen que colgaba junto a las botellas de Terry, Soberano y
Chinchon. Era una foto antigua de tonos verdosos, en la que un orgulloso joven
en mono de trabajo posaba delante de un camión, a su lado, apoyados en el costado
del camión, varios cuadros. Si hubiese preguntado, como digo, el barman me habría
explicado que aquel joven era su abuelo, conductor de uno de los camiones que
transportaron los cuadros del Prado a Valencia durante la Guerra. Pero no
pregunto, en lugar de ello pago los 4€ del desayuno y me marcho con un
protocolario “Gracias. Hasta luego”.
II.
Desando mis pasos por el callejón de San Ginés,
en la esquina de éste con la Calle arenal me detengo en una curiosa librería al
aire libre de puestecillos de artesonado de madera oscura de aires castellanos
y hasta herrerianos a hojear los libros de viejo que hay allí y acabo
adquiriendo un ejemplar de hojas amarillentas de “Coplas a la muerte de mi
padre”, de Manrique – una lectura apta para aquel viaje, pienso, si seguís
leyendo descubriréis el porqué -. Tomo una foto a la fachada plateresca de la
Iglesia de San Ginés y sigo la calle Arenal – con su su sala de conciertos y
sus bares que ofertan bocadillos de calamares- hasta la Plaza del Sol.
Cruzo rápido la Plaza del Sol, donde he de
esquivar a un hombre que lleva colgando de su moreno cuerpo un cartel
anunciando que “compro oro”, hasta la Calle Carretas, que me conduce hasta la
Plaza de Jacinto Benavente. Cerrando su lado sur se alza, enorme, un teatro, cuya titularidad comparten Calderón de la
Barca y una marca de helados. El dramaturgo del siglo de Oro dejo escrito – en
frase que se ha convertido en manido tópico- “que la vida es sueño” y el nombre
del teatro tiene algo del absurdo de los sueños. O quizás del espanto de las
pesadillas.
Desde esta plaza –que también alberga el
Ministerio de Justicia, con un reo mal ajusticiado acampado a sus puertas-,
girando a la izquierda, me interno en el llamado “barrio de las letras”. Mas
plazas, ésta la de Santa Ana. Todos tenemos nuestros ritos –o quizás nuestras manías-
y uno de los míos, cada vez que me veo obligado a venir a Madrid, es visitar
esta plaza, admirar el trazo modernista del hoy hotel Reina Victoria, hacerle
una foto a la estatua de Lorca que hay allí- gran poeta, horrible escultura- y
beberme una cerveza en la cervecería Alemana. Aún tengo el desayuno dándome
vueltas en el estomago, así que desdeño la rubia y sigo sin detenerme hasta la
Calle Huertas.
Calle Huertas, si, una calle que se lee mas
que se transita, jalonados como están sus adoquines de citas de escritores ya
muertos, exiliados o vilipendiados en vida, aunque alguno hay que conociera el
éxito mientras aún respiraba.
Paseo
del Prado. Altos y frondosos árboles guardan la mediana central, como
desafiando a la gris geografía urbana de Madrid, ahíta de ellos.
Velazquez guarda una de las entradas al Museo
del Prado. Rodeo el edificio buscando por donde acceder a la pinacoteca y me
encuentro con otro custodio, Goya en este caso, vuelto ya de Francia al
parecer.
III.
La taquillera da por bueno mi caducado carnet
universitario, a pesar de la foto en él de un yo mas aniñado, mas iluso, mas
ingenuo y me aplica la rebaja que ya anunciara el dueño del bar donde desayune.
Me entretengo en el vestíbulo antes de pasearme
por las salas del museo propiamente dicho. El amplio espacio es compartido por
una cafetería y una tienda de recuerdos. En ésta compro el lápiz y el bloc de
notas en el que estoy escribiendo este diario.
Los fusilamientos del 2 mayo. He visto este cuadro
en libros y reportajes en la televisión, pero no me lo imaginaba tan grande,
tan bello, tan perfecto. Me siento en el suelo, como hipnotizado, quiero
contemplarlo, admirar cada detalle, cada pincelada, pero una responsable del
museo interrumpe mi cortejo y me conmina a levantarme del suelo.
Abandono
entonces al de Fuendetodos y subo al piso de arriba, donde me esperan Velazquez
y Murillo. Y como me pasara con los cuadros del sordo genial, se conmueve mi
alma ante la contingencia de esos cuadros mil veces vitos en catálogos y
revistas, pero que nunca he contemplado en su admirable realidad.
IV.
Apuro un cigarrillo sentado en las escaleras
que suben del Museo hasta la Iglesia de Los Jerónimos., intentando desembotar
mi cabeza y mi ánimo, mareado y aturdido como estoy ante tanta belleza.
Observo
a la gente. Un grupo de turistas de procedencia diversa que acaba de apearse
disciplinadamente de un autobús de colores chillones y que se dirige a la
entrada del Prado. Un músico callejero que hace llorar lagrimas de tonos agudos
a su gastado contrabajo. Aquí y allá proyectos de artistas que emborronan
cuartillas con sus lápices, algún osado incluso con acuarelas, destaca entre
estos pintores aficionados una chica pelirroja, de tez blanca salpicada por
infinitas y diminutas pecas y un cuerpo sutil y delicado.
Quizás debería ir a visitar la Iglesia de los Jerónimos,
templo de realengo, o presentar mis respetos al caserón donde se ubica la Real
Academia de la Lengua, pero mi reloj me informa que ya es tiempo de hacer
camino hasta la estación de autobuses y tomar mi transporte hacia poniente.
El concierto fue
un éxito. La obra para piano, violín y saxofón compuesta por aquella pálida
alumna levantó de sus butacas a
docentes, autoridades, alumnos y demás presentes en la sala. “original” “con
mucho ritmo” “clásica y moderna” eran frases que se repetían en el auditorio.
Después del concierto vi a muchos acercarse a felicitarla, pero ella parecía
inmune a los halagos, sabedora, quizás, que los que se acercaban a darle
palmaditas en la espalda solo buscaban
de alguna manera participar en su triunfo. Pero ella solo era una chica con un
instrumento, nada más.
Pude escuchar a un hombre ofrecerle tocar en noseque
acto, una manifestación o algo así. Ella rechazo cortésmente la invitación, no
se creía mas que nadie y poco podía criticar a quién seguramente contaba con
los mismos defectos que ella. Me hubiese gustado acercarme a decirle que no la
creía.
No la creía porque mentía. Las bellas melodías
y ritmos que daba a sus obras y a su violín eran grito suave y dulce contra
todo lo feo de este mundo. Allí, encima del escenario, se atisbaba otro
presente mas amable. Su armonía contrastaba con los gritos desesperados y furiosos
de gente encolerizada, con razón o sin ella, que tomaban las calles aquella estación
de sangre.
Uno, con ánimo de hacerse el interesante en
una reunión con los colegas, podía arrellanarse en su silla, soltar parsimoniosamente
una bocanada de humo de su cigarrillo, decir aquella manida frase de
Shakespeare de que el mundo era “ruido y furia” y rematarla con una media
sonrisa burlona de suficiencia; pero ella asía la realidad y la coloreaba, la
ordenaba en notas cantarinas a lo largo de las líneas de un pentagrama,
transformándola en algo que merecía vivir y experimentar. Su música no era para
oídos cínicos.
Plaza
de un poblachon del sur de Cuenca, con sus casas encaladas, sus tapias y
portalones, sus ventanas con recias rejas, piedras viejas e iglesias que
guardan secretos y privados tesoros barrocos. Alonso Quijano y Sancho Panza
toman un café. De espigada y triste figura uno, de baja estatura y oronda tripa
el otro. Parecen abatidos y derrotados.
Los dos amigos han llegado a la Plaza Mayor –
o Plaza de la Iglesia, o del Ayuntamiento - en un viejo sidecar de morado
oscuro y la palabra “Rocinante” pintadas en su flanco. Vienen a desfacer
entuertos, como pone a modo de eslogan en la puerta de su despacho de investigadores
privados, pero los entuertos son muchos.
Quijano mira distraído el horizonte, coronando
una loma, a lo lejos, se divisan unos altos molinos de viento que producen
electricidad y piensa en ellos como enormes gigantes. Pero no hay emoción en
sus pensamientos, se encuentra melancólico, su bella Dulcinea se marcho con sus
masters a trabajar de camarera a algún pueblo inglés de impronunciable nombre.
El humor de Sancho no es mejor, la “ínsula de Barataria”
se demostró un gran fraude inmobiliario y ahora tiene unas llaves que no abren
ninguna puerta.
De una oficina de tonante nombre comercial que
da la plaza emerge un flacucho encorbatado, camisa rosa con sus iniciales
bordadas. Se enciende un cigarrillo y ladra ordenes recompra y de venta en un japonés
macarrónico. Quizás sea este hombre el objeto de sus investigaciones, piensan
ambos, pero ni es uno solo ni saben sus nombres. El entuerto es grande y
Quijano y Panza beben café en silencio, derrotados.
Tarde luminosa de agosto en el rompeolas. Javier
esta sentado sobre las rocas, sus pies descalzos lamidos por la espuma del mar.
Intenta quebrar el silencio blanco de los folios de su cuaderno.
A lo lejos,
asomada a la orilla, bañada en salitre, distinguió una figura familiar.Necesitaba la compañía de un amigo en aquellas
horas de marea baja, así que se acercó a ella. Era Ana, hace miles de años sus vidas
estuvieron cruzadas. Ella le contó quetras un largo viaje consiguió alcanzar la playa.
Anocheció. No
querían volver a casa. Fueron hasta el cercano Hotel Los Ángeles. En la
habitación, sentados los dos en una
polvorienta moqueta, Javier le preguntó si podía acompañarla de nuevo. Se
abrazaron, no volverían a naufragar y liberarían París. Durmieron entrelazados
y amanecieron después de las seis sin dramas esta vez.
Que bonica la meua ciutat mediterrània a la
primavera ¡ El sol lluïx ben alt fins a les vuit de la vesprada, banyant-ho tot
d’un càlid blanc feroç, i només llavors decidix acomiadar-se en un ocre capvespre.
Per poc que es camine s’abandona l’asfalt dels seus plans carrers, sempre plens
de gent –xiquets amb els seus inquiets jocs, les rialles estentòries dels
jóvens, adults comentat el “mal que va tot”-, per a trobar-se en l’horta que la
rodeja, de verds pàl·lids i terra fèrtil d’un marró rogenc i intens. El soroll
dels cotxes desapareix substituït pel trinat dels pardals i l’ànima s’escampa
peresosa per la immensitat vegetal de cels blaus i límpids. Que bonica la
meua ciutat mediterrània a la primavera ¡
Decidió
volver, dejar Ciudad de Piedra y Viento y regresar a su ciudad con mar y sol. Pero
aunque aquella ciudad de altos edificios de piedra oscura que acumulaban siglos
en compañía del viento y la lluvia había sido una amante fría sentía que tenía
que despedirse de ella. Se sujetó su pelo negro como la noche con una horquilla, se calzó
unas gruesas botas de pálido azul, se abrigó con un chaquetón también azul y salió
dispuesta a decirle adiós. ¿Tendría aquella vieja urbe un as escondido en su
pétrea manga que le convenciera de quedarse? No lo sabía.
Salió a la calle y unos pasos mas adelante se
introdujo por una arcada abierta en uno de los edificios, anduvo por las
sombras del estrecho pasaje y bajó por unas escaleras vestidas de musgo verde para
finalmente llegar a unos jardines dignos de una princesa, de verde hierba
fresca y árboles desnudos de hojas. Allí se subió a la noria, patinó en la
pista de hielo, vio a los trenes salir de la estación cercana.
Continuó su caminar hasta donde acaba el
asfalto y empieza la tierra y la hierba. Caminó descalza, olvidados sus zapatos,
enfundados sus diminutos pies en unos simpáticos calcetines lilas, por una de
las campas que se extendían eternas cerca de Ciudad de Piedra y Viento. Le gustaba
pasear sin rumbo por allí, sentir el viento acariciar su cuerpo menudo sin el
obstáculo de los altos y apretados edificios de la ciudad, empapar sus
simpáticos calcetines lila con el rocío que las frescas mañanas regalaban a la
hierba. Dejar libre su imaginación y que ésta llenará de historias, personas y
recuerdos aquella vasta extensión verde. El ruinoso conservatorio con goteras
donde aprendió música, el primer escenario que pisó, la sala donde ensayaba,
siempre llena de solfas, bemoles, corchetas y alegrías. El anciano conductor
del autobús de Ciudad Dormitorio –la que era su verdadera su ciudad-, aquél
señor que paseaba a un cerdito que tenía como mascota, las verduleras del
mercadillo ambulante que anunciaban con extraña poesía sus productos, jóvenes
en los bancos del parque comiendo pipas, a Ignacisky y a sus Bufones Peregrinos
alegrando las mañanas de los sábados con sus trombones, sus trompetas y sus
bombos, amantes sin nombre, su cama a veces solitaria, a veces refugio de almas
de poetas. Pensaba en Marta, la reina del supermercado, entronizada tras la
caja registradora, chica voluptuosa y de sonrisa perenne, y en Javi, chico
distraído sin oficio conocido, cuya cabellera empezaba a clarear a la altura de
la coronilla.
Subida a una colina –en realidad una pequeña y
suave elevación del terreno- hacia sonar
a su violín poderoso y alegre, desparramando en ordenada confusión sus notas
por aquella extensa llanura, abriendo las nubes para que dejaran sitio al sol y
amansaran el viento. La ciudad no le había dado un último y desesperado motivo
para quedarse y, aunque no olvidaría a la vieja señora de piedra y viento,
tampoco la echaría de menos. Pronto estaría en casa.
( Dibujos primer y último párrafo: Los colores olvidados, Silvia G.Guirado. )
La reconocí en un café del Boulevard Saint-Germain-des-Prés,
su pelo castaño cayendo sin gravedad sobre sus hombros. O quizás era un café de
una ciudad con mar y sol. Café a medio tomar, sus dedos pulidos por las cuerdas
de una guitarra sujetaban un bolígrafo morado que emborronaba de notas un papel
pautado.
La
veo salir. Otea el cielo, gris, lluvioso, y abre su paraguas de granate
intenso. El día es desapacible y la tela del paraguas soporta mal que bien los
embates del viento. Parece la chica marinera en tierra manejando con esfuerzo
las velas de su esquife ante la tempestad. Pronto se cansa del inútil esfuerzo
y pliega el paraguas. Camina entonces encogida, las manos enterradas en los
bolsillos de su largo abrigo. Su figura gris y menuda se confunde con los
colores pálidos de los edificios beux-arts
de París.
O quizás la chica ha salido del café al sol mediterráneo.
Pestañea acostumbrando sus ojos al sol que reina imperial en el cielo y su
mirada se llena de luz. Hace calor, se desprende de su chaqueta de primavera
descubriendo unos delicados hombros de piel tostada. Camina por las estrechas
calles empedradas a las que asoman caserones que acumulan siglos en sus
fachadas. La sigo a distancia, sin querer molestarla, una suave brisa se
levanta meciendo su cabello. Arrastra el viento imperceptibles semillas de los
naranjos apostados aquí y allá, batallando contra el asfalto, llenándolo todo
de una sutil fragancia de flor de azahar.
2.
Vuelvo a verla en el Pont Neuf. Estaba yo, mi gabán empapado, apoyado en uno de los
balcones del puente. Pasó deprisa, hoy no era el día para contemplar como el
Sena, en los días brillantes, juega a ser espejo con el sol. Melancólica, el
rostro crispado por la tristeza.
O quizás tomó un tranvía, en el que yo leía un
periódico del día anterior, para encontrarse con un mar que siempre la estaba
llamando con el sonido bello y cadencioso de las olas. Se acomodó en uno de los
asientos junto a la ventana, apoyó su lindo hombro moreno en el cristal y se puso
a observar distraídamente el paisaje, abstraída de la masa sudorosa y chillona
que viajaba con ella. Tatareaba canciones alegres. El tranvía amarillo
avanzaba, crujían las maderas, chirriaban las ruedas de metal.
3.
La
chica permanecía parada al final del puente Neuf,
la ille ante ella. Las sobrias fantasías
arquitectónicas del barón Hausman conviven aquí con logros tardomedievales. Las
agujas góticas de Notre Dame no se ven, pero se intuyen. Decidió que sí quería
saludar al Sena y bajó hasta sus aguas. Al borde de la hormigonada orilla, sacó
su libretilla de papel pautado del amplio bolso y arrancó una de sus hojas de
cartulina. Las gotas de lluvia la besaron y convirtieron la tinta negra en
lágrimas, ella misma lloraba. Hizo un barquito con la cartulina, doblándola
cuidadosamente y la posó sobre el agua. La suave corriente lo alejó de ella.
O quizás, cerca de las dunas que guardaban un
mar de azul eléctrico el tranvía se detuvo, abrió sus puertas y del transporte
de madera y hierro salió ella. Se dirigió morosamente a la playa y se detuvo en
la orilla, el mar permanecía manso y quieto, las débiles olas rompían con
desgana convirtiéndose en espuma. Desde
lo alto de la duna donde estoy sentado la veo desvestirse, olvidado todo pudor,
solo permanece sobre piel su verde ropa interior. Se adentra en el mar,
sostiene en alto un barquito de papel que ha elaborado con una hoja de
cartulina de su libretita de papel pautado. Bracea torpemente hasta que deja
atrás las olas de la orilla y posa su navío de papel sobre el agua salada y lo
hace a la mar. Lo ve alejarse, movido por el viento y queda ella flotando boca
arriba en la inmensa y brillante masa azul. Cierra los ojos para protegerse del
sol, el mundo queda reducido a un destello amarillo. Sonríe.
4.
O puede que todo esto lo soñara y donde me
encontré con la chica fue en un puesto de flores en la calle Corrientes, Buenos
Aires, ella vendía claveles y gardenias. O quizás todo fuera una canción.